La historia que inspiró un libro



Entró en la casa cuando el sol se ponía por el horizonte. La pesadilla había acabado, o comenzaba en ese preciso instante. No sabía qué era peor, todo lo que había pasado, o lo que quedaba por venir. Se sentó en la silla, con la cabeza entre las manos, pensativo, agotado. Había sido un día muy duro, el último día de unos meses de incertidumbre.
Todos habían muerto. En realidad todo había muerto, el planeta había perdido la capacidad de mantener la vida. Los animales, las plantas, los hombres. Se habían extinguido. Había sido progresivo, pero a la vez muy rápido. Todo había comenzado un año antes, y después de millones de años de evolución, en tan sólo una vuelta completa de la tierra alrededor del sol todo se había ido al garete.

Siempre me ha gustado la escalada. Aprendí a practicarla en una escuela cerca de mi pueblo. Me enseñó un vecino al que también le apasionaba. Con él aprendí a trepar chimeneas, a defenderme por diedros, subir usando mis dedos por grietas. Todos los fines de semana iba a ascender monolitos, paredes, agujas. La sensación de dominar la verticalidad me hacía sentir libre.
La escuela de escalada se me quedó pequeña y enseguida empecé a volar hacia otras zonas. Picos de Europa, Pirineos… paredes cada vez más complicadas, más largas, sólo o con algún compañero, nada se me resistía. Escalada en caliza, en granito o incluso en el complejo conglomerado de Riglos. Fui capaz de abrir alguna vía complicada como la de Las Algas en la cara este de los Picos de Infierno o Guatepeor en el Pico Valdecoro.