Fuera de mí

Siempre me ha gustado la escalada. Aprendí a practicarla en una escuela cerca de mi pueblo. Me enseñó un vecino al que también le apasionaba. Con él aprendí a trepar chimeneas, a defenderme por diedros, subir usando mis dedos por grietas. Todos los fines de semana iba a ascender monolitos, paredes, agujas. La sensación de dominar la verticalidad me hacía sentir libre.

La escuela de escalada se me quedó pequeña y enseguida empecé a volar hacia otras zonas. Picos de Europa, Pirineos… paredes cada vez más complicadas, más largas, sólo o con algún compañero, nada se me resistía. Escalada en caliza, en granito o incluso en el complejo conglomerado de Riglos. Fui capaz de abrir alguna vía complicada como la de Las Algas en la cara este de los Picos de Infierno o Guatepeor en el Pico Valdecoro.

Me acuerdo mucho del día en el que pasó todo. Eché a andar temprano desde el Mirador del Cable. Los jubilados hacían cola desde hacía rato para poder subir en el teleférico y aún les quedaban a muchos horas para acceder a la cabina, pero los montañeros teníamos preferencia, y el poder disfrutar de ese privilegio les dolía y lo hacían notar con indisimulados insultos entre dientes.

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Me costó algo más de 3 horas plantarme debajo de la Aguja de la Canalona, en la subida a Peña Vieja. Desplegué mi equipo y me puse a escalar. Era una aguja muy incómoda, sucia y peligrosa por la baja calidad de la roca, pero había sido una de mis primeras escaladas fuera de la escuela y me apetecía repetirla.

Fue en la laja de salida, en la que da a la cima de la aguja. Un empotrador mal puesto, un resbalón y un vuelo que me tiró de espaldas hasta prácticamente la terraza sobre el collado. Un mal golpe y de repente me encontré flácido colgando de la cuerda. No sentía dolor. No podía mover los brazos ni las piernas. Estaba plenamente consciente pero mi cabeza colgaba laxa de mi cuerpo.

Una cordada que venía por detrás llamó al equipo de rescate. Me sacaron de la pared con mucho cuidado para no agravar mi lesión, pero no había nada que hacer. Me había roto la C5. La cervical número 5. La lesión medular fue muy importante, tanto que me quedé parapléjico.

Tuve que aprender a vivir otra vez, y para alguien a quien le encantaba la libertad, el estar prisionero de una cama, en una habitación, era la mayor tortura a la que se le podía someter. No sentía nada, pero el dolor interno era insufrible, un dolor sordo e implacable que me minaba desde dentro y contra el que no existía analgésico eficaz.

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La tortura de ver las 24 horas del día el equipo que monitorizaba el funcionamiento de mi corazón era muy cruel, pero necesaria para mantenerme con vida. Era lo único que me recordaba que era un ser vivo, aunque también me mostraba que no valía nada como ser humano, totalmente dependiente de los demás y de una máquina.

Pasaba las horas aburrido viendo aquel monitor en el que se mostraba mi frecuencia cardíaca, hasta que un día descubrí algo fantástico. Me concentré y conseguí variar el ritmo de mi corazón. Os lo juro. Marcaba 75 y lo bajé hasta 40. Me mareé un poco pero me pareció algo increíble. Y al menos servía para salir de mi anodina existencia.

Poco a poco comencé a controlar la frecuencia con la que latía mi corazón. La conseguía bajar incluso por debajo de las 30 pulsaciones por minuto. Entonces me vino una idea a la cabeza. Podía acabar con mi torturada existencia deteniendo mi corazón. Me despedí mentalmente de todos mis amigos y familiares, de los que aún permanecían a mi lado, y detuve mi corazón.

Fue fascinante. Me vi flotando, libre. Pude observar mi cuerpo tumbado sobre la cama, y el monitor dando una alarma a la que nadie acudía, ya que en ese momento no había nadie en casa. Me asomé a la ventana y vi la libertad, pero en ese momento me asusté y volví a mi cuerpo. Inmediatamente el monitor cesó su alarma y las pulsaciones se estabilizaron.

¿Qué es el alma?

A los pocos días lo volví a hacer. Salí de la prisión de mi cuerpo paralizado y salí a la calle. El tiempo se había detenido. Me acerqué a la ría, paseé por la orilla. La gente parecían maniquís disecados, detenidos como en una fotografía, como en un gigantesco diorama.

Volví a mi cuerpo y lo reactivé. Volvía a ser libre, recuperé mi ilusión por la vida. Prácticamente todos los días salía. Había días que llovía, pero no me mojaba. Otros hacía sol, aunque no me calentaba. Me gustaba mi nueva situación, hasta que un día, de repente, estando en la calle, todo mi escenario congelado cobró vida. La gente, los coches, los pájaros, los árboles, adquirieron movimiento.

Recuerdo que estuve varias horas disfrutando de aquello hasta que me di cuenta de que mi cuerpo estaba sobre la cama con el corazón detenido. Cuando volví me encontré que mi madre lloraba abrazada a mi padre. Mi hermano hablaba en la sala con dos hombres trajeados. Eran de la funeraria. Intenté entrar varias veces en mi cuerpo, pero éste me rechazaba.

Desde entonces vago solitario por el mundo. He aprendido a entrar en otros cuerpos y desplazar a su voluntad durante algún tiempo, pero no me gusta hacer daño a la gente, por lo que siempre les dejo recuperar su organismo. Sé lo solo que se siente uno aquí fuera y no se lo deseo a nadie, pero de vez en cuando necesito sentir el calor del sol, una caricia o simplemente respirar.

Quizá un día descubra tu cuerpo, me encantará descubrir lo que sientes.

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