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Esta vez me ha venido la inspiración para una novela de humor. El título provisional: La primera comunión.

Os dejo el primer capítulo.

La nieta

Miguel e Isabel están casados en segundas nupcias. Ambos divorciados de sus anteriores parejas. Isabel tiene una hija de su anterior matrimonio, Nagore, de ya veintiocho años, que vive en pecado con su pareja, Bartolomé, un gitano atípico.

Isabel inicialmente no había aprobado esa relación, no por racismo, sino porque la familia de su yerno sin papeles no trabajaba y vivía de la ayuda social. Pero Bartolo estudió un grado y entró en una fábrica, escapando de la paguita, buscando la independencia económica.

Los chicos habían tenido una hija, Idoia, que ya tiene siete añitos.

Al principio, cuando Nagore se quedó embarazada y se fueron a vivir a un piso de alquiler, Isabel les había ayudado económicamente usando el presupuesto familiar, algo que a Miguel no le había sentado nada bien.

– Bartolo tiene padres.

– Ya sabes que no tienen dinero.

– Para lo que quieren sí tienen dinero, que viven con cuatro hijos y en cada cuarto tienen una tele de 65 pulgadas.

– Pero es que las consiguen del rastro.

– De los cojones, que aporten ellos. Y el padre de Nagore también.

– Ya sabes que no quiere nada de su padre, que no se lleva bien con su mujer.

– Tampoco se lleva bien conmigo y mira, no hace ascos a mi dinero.

– Nuestro dinero. Y sabes que Nagore te quiere mucho.

– Y una leche.

Miguel tuvo que tragar y dejarles dinero con la condición de que se lo devolverían, algo que en su fuero interno sabía que nunca ocurriría.

Trabaja en una calderería y tiene un sueldo bastante bueno. Isabel lleva las cuentas de una pequeña empresa de construcción de las que siempre están en crisis, pero nunca pierden dinero.

Miguel es padre de un hijo también de su anterior matrimonio. Un postadolescente que lleva un par de años en la universidad, en primero y sin muchas intenciones de pasar de curso. Como se considera mayor, vive con su madre excepto cuando le da la gana que se viene a su cuarto a casa de su padre a pasar alguna temporada.

Y también habitualmente se pasa a pedir dinero a su padre con la excusa de “soy pobre y gasto mucho”. Julen, como se llama el sempiterno universitario de primer curso no es mal chico, pero todavía no ha encontrado su sitio en esta vida, por lo que se dedica a vivirla sin más.

De vez en cuando les dejan a la nieta, pero más que nada por insistencia de Isabel. A Miguel la niña le cae bien, pero tampoco es que sienta devoción por ella. A sus 49 años se considera joven como para ser abuelo y prefiere no ejercer de señor mayor.

Cuando la tienen en casa, salen con ella por el centro de la ciudad. Cuando se encuentra con algún conocido la presenta como una sobrina de su mujer. Eso ha generado no pocas broncas en casa, pero aunque Miguel quiere a la niña, más quiere a su juventud pasada.

Los 49 años son una edad difícil. Entrar en los 50 le dan la impresión de empezar con la artritis, el sintrom y otros apocalipsis relacionados con el declive del cuerpo.

Y como todo buen cuarentaitodólogo que se precie, ha decido que es buen momento para sacarse el carnet de moto. Como a Isabel sabía que no le iba a hacer gracia, se lo está sacando en secreto, escapándose las tardes a las clases poniendo excusas increíbles.

Gracias a que Isabel le conoce perfectamente y que sabe que algo trama, no se montó ningún número relacionado con infidelidades, pero tal y como había planteado la situación puertas afuera daba la impresión de que tenía una aventura.

Pero si había habido alguna duda, cuando Isabel descubrió en el trastero un traje de motero de cuero y un casco, ésta quedó despejada, aunque pensó que era mejor dejar a su marido creyendo que la engañaba ya que las excusas que presentaba para ir a clase eran cada vez más divertidas.

Miguel es un ateo convencido. La nieta de Isabel no había sido bautizada más que nada porque el padre es evangelista de pleno ejercicio, algo que a la madre le trae por la calle de la amargura. Alguna vez había asistido a los oficios de la iglesia a la que acudía asiduamente Bartolo con su familia y le pareció un paripé ridículo.

Y a instancias de Isabel y Nagore, Idoia seguía inmersa, muy a pesar del pastor de la iglesia a la que acudía Bartolo, en el pecado original. Sus padres se estaban ganando el infierno a pulso y eso a Bartolo es algo que le reconcome.

Sin embargo, ese tema Miguel se lo toma a broma.

– Si van al infierno seguro que tengo que pagar yo la estancia, que seguro que ni los padres de Bartolo ni el de Nagore ponen un euro.

– Ellos son independientes y no necesitan dinero.

– Ya, hasta que saquen los pasajes al infierno, ya verás como en ese momento Nagore te llama.

Quien se lleva bien con la niña es Julen. Siempre la trata como si fuera su hermana pequeña.

– Aita, ¿por qué no me diste un hermanito al que cuidar?

– Porque al final le hubiera tenido que cuidar yo también.

Cuando dejan a Idoia en casa de sus abuelos, siempre llaman a Julen para que juegue con ella. A veces la saca a pasear por el barrio. Una vez, a unos vecinos que hacía tiempo que no veía, les dijo que era hija suya, lo que levantó el rumor de que Miguel era el abuelo de la niña.

Algo que a sus 49 años le sentó muy mal. Pero no iba a dejar que esos disgustos le envejecieran prematuramente.

Una tarde salieron con la niña al centro comercial para llevarla al cine. A Miguel, pagar cincuenta euros por las tres entradas y las palomitas y meterse en un infierno infantil, le sentó como un tiro. Cuando salieron de ver la película, que la niña disfrutó encantada, fue precisamente ella la que les dio la noticia.

– Amama, voy a hacer la comunión.

Lo soltó con una sonrisa. Llevaba tiempo con la cantinela ya que otros niños de su clase la iban a hacer, pero Miguel vivía tranquilo ya que al no estar bautizada, creía que ese momento se lo iban a saltar.

– Me ha dicho ama que no os lo diga, que os va a llamar ella para contarlo.

Al principio se lo había tomado como una niñería, pero aquello empezaba a tomar forma. Ya no era una tontería de la niña, ésta no tenía edad para inventar que su madre los llamaría.

– A ver, Idoia, ¿sabes dónde te estás metiendo? Piénsatelo bien, que luego apostatar es una movida gorda.

– Miguel, ¡Deja de decir tonterías a la niña!

– No son tonterías. Están aprovechando que aún cree en el Olentzero y los Reyes Magos para pasarla a un nivel superior de amigos imaginarios.

– ¿Qué le pasa a Olentzero?

– Nada, cariño, que el abuelo es gilipollas.

– El tío.

– El abuelo y deja de confundir a la niña.

– Voy a ir a catequesis.

– No me jodas, que ya se ha aprendido la palabra, que voy a tener un trabajo enorme con esta niña para desprogramarla.

– ¿Quieres dejar de decir idioteces?

– ¿Qué es desprogramar?

– ¿Sabes cuando pones la lavadora que seleccionas un programa? Pues desprogramar es apagar la lavadora.

– No entiendo.

– No hagas caso al abuelo que es gilipollas.

– El tío.

– Que te calles.

– Llama a su madre y dile que yo no pago un viaje al Jordán para bautizar a la niña, que me imagino que antes de que comulgue querrán bautizarla, que esto sigue una pauta.

Isabel se estaba empezando a enfadar con el tema. Pasaron por delante de una heladería y Miguel compró a la niña un helado de chocolate.

– Aprovecha ahora, Idoia, que luego será pecado de lujuria.

– Vamos a tener coña para tiempo, ¿verdad?

– Ya sabes que sí.

– Mañana hablo con Nagore y que me cuente.