El último hombre sobre la faz de la tierra

Entró en la casa cuando el sol se ponía por el horizonte. La pesadilla había acabado, o comenzaba en ese preciso instante. No sabía qué era peor, todo lo que había pasado, o lo que quedaba por venir. Se sentó en la silla, con la cabeza entre las manos, pensativo, agotado. Había sido un día muy duro, el último día de unos meses de incertidumbre.

Todos habían muerto. En realidad todo había muerto, el planeta había perdido la capacidad de mantener la vida. Los animales, las plantas, los hombres. Se habían extinguido. Había sido progresivo, pero a la vez muy rápido. Todo había comenzado un año antes, y después de millones de años de evolución, en tan sólo una vuelta completa de la tierra alrededor del sol todo se había ido al garete.

Sabía que era el último, era inmune a la muerte. Tenía toda la carne y toda la vegetación del mundo para él. No se pudriría ya que ni siquiera los microorganismos habían sobrevivido. A partir de entonces no sufriría enfermedades, era prácticamente inmortal. La muerte se había saciado, ya no le necesitaba.

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Tenía una casa, un refugio. Tenía fuego, estaba a salvo. Tenía todo el tiempo del mundo. Sólo tenía que esperar a la muerte. Pero estaba en la peor de las prisiones posibles. Estaba sólo, y sin posibilidad de volver a contactar con nadie, de hablar con ningún otro ser humano.

Entonces llamaron a la puerta.

Era imposible. Separó las manos de la cabeza y la levantó sorprendido. Quizá hubiera sido fruto de su imaginación. No era posible que nadie llegara hasta allí, ya que no había nadie que pudiera hacerlo. El planeta había muerto.

Él era un simple mortal, el último concretamente. No sabía qué había pasado, no conocía los entresijos científicos de lo ocurrido. Pero era consciente de que era el único no afectado por aquella extinción.

Volvieron a llamar a la puerta.

¿Qué estaba pasando? Sería el viento. Agudizó el oido, pero no escuchaba nada. Hasta que ocurrió todo, la vida se escuchaba. Incluso en el silencio de la noche el aleteo de las lechuzas, la respiración de los gatos, el sonido de la vida, pasaba imperceptible. En cambio, no sabía si podría acostumbrarse al silencio de un planeta muerto.

Y por tercera vez, volvieron a llamar a la puerta.

No era fruto de su imaginación. Tenía que abrir, tenía que saber qué o quién era el que llamaba, el imposible que estaba golpeando la puerta.

La abrió, y exclamó.

– ¡¡¡¡¡Tú!!!!!

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