Se despertó temprano aquel martes de febrero. Como todas las mañanas, cogió su móvil y reseteó la app que le habían preparado unos estudiantes en el departamento de informática de la facultad de ingeniería. Un símbolo con un reloj quedó marcado en la parte superior de la pantalla.
Estuvo un rato mirando al armario de su cuarto. Era de madera, con cuatro puertas y cada una estaba dividida verticalmente en seis espacios cuadrados separados por unos listones de madera que sobresalían. En total, 24 espacios.
Estuvo un buen rato contándolos hasta que se levantó y se fue al cuarto de baño. Se sentó en la taza. Todas las mañanas, lo primero que hacía era de vientre. Mientras dejaba pasar el rato comenzó a contar para entretenerse las baldosas de la pared encima de la bañera. 9 por 7, 63 baldosas. No era un número primo, algo lógico, ya que era la multiplicación de 9 filas por 7 columnas.
Bajó a desayunar. Metió un vaso de leche en el microondas y se quedó mirando cómo el contador digital del electrodoméstico, numerando las luces de LED verdes que se encendían en cada número. Así pues, con el 1 se encendían 2 LED, con el 2, 5, igual que con el 3, y así todos los números.
Tomó el café con unas galletas y después de hacerlo se lio un porro. Su médico le había dicho que lo tenía que dejar, pero no podía. Pero era consciente de que sus efectos por lo que limitaba el número de canutos que se fumaba, y en cada uno ponía una cantidad mínima de costo.
Se vistió y salió a la calle. Le gustaba mirar las matrículas de los coches. Asociaba cada número al número de partes en los que los podía separar. El 0 sólo se partía en 1 parte. El 1 en dos partes, como el 2, el 3, el 6, el 8 ó el 9. El 4 era especial, se partía en 5 partes y el 7 y el 5 en 3. También hacía lo mismo con las letras.

Se dedicaba a visualizar una matrícula a lo lejos e iba acercándose contando con cada paso todas las partes de cada número y letra de la matrícula. Intentaba ver cual era la matrícula con mayor número de partes. Recordaba que su récord estaba en 33 con la matrícula NA 7454 AM, algo que le costaría superar.
Llegó al bar de su madre a la hora de comer. Se sentó en una mesa apartada, mientras la chica que trabajaba en el pequeño restaurante le servía. La joven siempre le había tomado por un chico muy raro, y procuraba no intimar demasiado con él. Y él solía ignorar la realidad a su alrededor. Mientras esperaba se dedicó a contar los cristales de la ventana, había 16, el cuadrado de 4. No entró a saludar a su madre a la cocina, no porque supusiera que estaba muy ocupada, sino porque estaba tan distraído que no cayó en ello.
Fue entonces cuando se dio cuenta. 1+2+3+4+3+2+1 sumaba 16. ¿era una curiosidad del número 16? No, lo comprobó mentalmente con el 5. Su cuadrado era 25. Y curiosamente 1+2+3+4+5+4+3+2+1 daba como resultado 25. Aquello se cumplía para cualquier cuadrado perfecto.
Cuando acabó de comer fue rápidamente a casa. Cogió papel y un lápiz y empezó a hacer el desarrollo matemático del cuadrado, y descompuso su hipótesis. Dos sucesiones aritméticas. 1+2+3…+n+1+2+3…+n-1. Se acordaba de la fórmula matemática de las sucesiones aritméticas. La primera se podía descomponer como (1+n)xn/2 y la segunda parte (1+n-1)x(n-1)/2. Sumándolas le salía (n+n2+n2-n)/2=2n2/2=n2.
Se pasó la tarde buscando números cuadrados en las figuras geométricas en las que separaba los muebles de su casa. Como no los encontraba fácilmente fue a la cocina y del armario sacó una bolsa de garbanzos. Cogió un puñado y los extendió sobre la mesa, haciendo números cuadrados.
El último concierto de Sako de Pota, sin hacer spoiler…
El tiempo pasaba entre porro y porro, café y café, y fue entonces cuando descubrió una nueva combinación, más interesante que la anterior. 1+3+5+7 sumaba 16, un cuadrado perfecto. Se cumplía para otros cuadrados como 25, 36… La regla consistía en sumar los números impares hasta el inmediatamente anterior al doble del número elegido, y la suma daba precisamente el cuadrado de ese número.
Estaba muy excitado. Ya tenía dos reglas. Las apuntó en un pequeño cuaderno donde solía guardar sus descubrimientos. Se sentía vivo, muy lúcido. Su mente hervía de números, mientras se movía rápidamente dando vueltas en la cocina. Y apareció un nuevo descubrimiento.

Si cogía un número, el producto del inmediatamente inferior por el inmediatamente superior, sumándole 1, daba también como resultado el cuadrado de ese número. Así pues, 6 por 8 más 1 daba 49, el cuadrado de 7, el número entre 6 y 8. Y esto se repetía para cualquier número. 9 por 11 más 1 daba 100, el cuadrado de 10.
Comprobándolo para el cuadrado de 6, 36, cayó en la cuenta de que este número era especial. 36 era igual a 1+2+3+4+5+6+5+4+3+2+1, pero también 1+2+3+4+5+6+7+8. Le gustaba ese número. No se repetía con ningún otro cuadrado cercano.
Se fue a su cuarto y se sentó en la cama, mirando los espacios del armario, 24. Y empezó a contar, primero 1+2+3+4+3+2+1. Seguía con 1+3+5+7. Cuando llegó al espacio 24 volvía a empezar. El último grupo era la suma de 5+5+5+1.
Estuvo mucho tiempo así, relajado, contando. Empezó a apasionarse. Aquello era tan sólo el principio. No sabía hasta donde podría llegar en sus análisis matemáticos, pero sentía que no tenía límites. Pero entonces sonó una alarma en su móvil. La app de la Universidad le dejaba un mensaje. Apenado fue a la sala y cogió un sobre, y salió de casa, dirigiéndose al hospital.
Cuando llegó se acercó a la enfermera que atendía a los pacientes. Le entregó el sobre y se quedó esperando, mirando al vacío. La enfermera llamó por teléfono al residente de guardia de psiquiatría.
– Acaba de llegar José Pacheco. Ha tenido un brote psicótico por la toma de derivados del cannabis y le ha saltado la alarma. Ya lleva 48 horas despierto. Está diagnosticado y trae su historial. Le pasamos a un box. Una enfermera le suministrará la medicación que aparece recetada para que descanse. Acuda cuando pueda a atenderle.
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