Eran los últimos días del verano. Carolina había pasado unos días sola en aquellas playas del sur. Siempre que podía se escapaba a disfrutar de las blancas arenas del Atlántico, intentando alejarse de las zonas más turísticas.
Si había algo que le resultaba agobiante, era la noche de aquellos barrios de copas, llenos de turistas y autóctonos buscando carne fresca, una mujer con la que tener una aventura. Ella no era así, no servía para ello.
Se acercó a ver el ocaso sobre el mar. La tarde había sido muy cálida en aquel mes de septiembre, en aquel final de la época estival. Pronto tendría que regresar a casa, a incorporarse al trabajo. En ello estaba pensando, sintiendo la brisa cálida, viendo el sol bajar hacia el océano en un horizonte rojo de fuego cuando escuchó una voz a su lado.

– La mar.
Volvió la cabeza hacia el hombre que había hablado. Estaba junto a ella, mirando al horizonte. No le resultó especialmente atractivo, cerca de la cincuentena. Vestía una camiseta amplia y unos pantalones cortos.
Él se dio cuenta de que le miraba, pero seguía centrado en aquel ocaso. Sin volver la vista empezó a hablar.
– Para muchos supone una barrera, un límite. Se sienten seguros a este lado de la vida, nunca se aventurarían más allá de lo que están viendo. Se asoman al mar para comprobar que lo que tienen atrás es seguro.
Carolina le miró con atención. Veía el perfil de su cara. Tenía unos rasgos fuertes, y aquella voz era muy masculina. Siguió en silencio, observándole, con la convicción de que aún tenía más que decirle.
– En cambio, para otros, es una oportunidad, un abanico de posibilidades. Es el camino para dejar atrás todo su pasado y volver a buscar una nueva tierra, huir de la seguridad del pasado para enfrentarse a un futuro que quién sabe si es mejor.
Carolina estaba intrigada. Aquel hombre había conseguido recabar toda su atención. Le miraba con interés, quería saber en qué acabaría aquella charla. Por fin él se volvió, mirándola fijamente. Tenía unos ojos azules de mirada intensa. El pelo rubio se mezclaba con las canas que salían de sus patillas, del desordenado pelo de su nuca. Le empezó a resultar muy atractivo, algo que al principio no le había pasado.
– En cambio, a mí, m e gusta ver reflejado ese ocaso sobre el mar en tu preciosa mirada. En esos ojos en los que se puede ver hasta tu alma.

Carolina cayó rendida, y sin que pudiera darse cuenta de lo que pasaba, el desconocido la besó, intensamente, en la boca, mientras que la abrazaba fuertemente. Fueron unos largos segundos sin respiración hasta que aquel hombre la dejó. Se separó de ella y empezó a andar por el paseo, hacia la playa.
Lo vio alejarse perpleja por lo que había pasado. Sin duda, lo mejor del verano.
