La niña de azul

Dolores nació en el seno de una familia adinerada. Desde pequeña su padre le dio todos los caprichos. Compensaba su ausencia con regalos. Los negocios le absorbían todo su tiempo. El darle barra libre a sus deseos era la única forma de hacerla sentir que la quería, y a la vez de mantenerla a distancia, de manera que no fuera una interferencia.

Sus negocios tenían muchos parásitos. Para poder mantenerlos necesitaba alimentar muchas bocas, sobornar a muchos políticos y asistir a muchas fiestas y eventos sociales. Sólo así conseguía obras, trabajo con el que alimentar sus empresas. Tenía que dar trabajo a hijos de aquellos chupones, vividores sin escrúpulos que tan sólo acudían a él a por un sueldo y que ocupaban cargos y despachos sin mayor cometido que el cobrar a fin de mes, extendiéndose por sus oficinas como un cáncer.


Aquel hombre ignoraba a su madre. Le había dado una hija, y eso era suficiente. Se dedicaba a organizar fiestas para los falsos amigos de la familia, donde se hacían negocios, se negociaban comisiones y se asistía al desfile de amantes de los poderosos. Y en esas bacanales corría la cocaína sin control. Aquella mujer acabó enganchada a las líneas blancas, y murió en un paso de cebra mortal sangrando por la nariz.

Pero Dolores disfrutaba de su existencia ajena a todo aquello. Internada en un colegio de monjas, convencida de que el dinero era eterno, creció despreocupada. Una adolescente rebelde, que se arremangaba el uniforme cuando se escapaba del internado para tontear con Paco, su novio, del que estaba tan locamente enamorada como sólo puede estarlo en esa edad en la que se muda de niña a mujer, una quinceañera de calcetines y coletas, de primeros cigarrillos, de novio con moto.


Aquellos veranos en Santi Petri, preparando unos exámenes para septiembre que nunca aprobaría por falta de interés, tonteando con las amigas, bebiendo y fumando, olvidando a su primer novio, ni el recuerdo de su sombra, ni el olor de su tabaco. En Cádiz, la chica de Andrés, cada verano un novio diferente.


Niña malcriada, pija, adinerada. Acostumbrada a vivir el día a día, sin límites, porque su padre lo pagaba todo. Se acabó el internado, estudios desaprovechados, Dolores no quería trabajar, su padre mantenía sus vicios caros. Pasan los años viendo cómo sus amigas se casan, cómo se queda sola, en su Carpe Diem particular, viviendo el momento, gastando el dinero de su padre, una tarjeta de crédito sin límite.


Las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti, ¿dónde vas bala perdida, dónde vas, triste de ti?


Su padre se arruinó cuando sus falsos amigos le dieron la espalda. Aquellos parásitos que le chupaban la sangre cada vez le exigían más para conseguirle trabajo, y llegó un momento en el que no les podía mantener. Los políticos que sobornaba, cuan garrapatas que eran, se cambiaron de perro, y desapareció su mundo artificial.


Se acabó el dinero, y papá, agobiado por las deudas decidió acabar a su vez con su sufrimiento. Un disparo en la cabeza con una de las escopetas que había utilizado en las cacerías que tanto dinero le habían proporcionado facilitaron su tránsito a un nuevo mundo, en el que las obligaciones ya no importaban.


Y Dolores se quedó sin sustento, dándose cuenta que todo lo que había tenido se había esfumado. ¿Para qué había servido su internado? Para desaprovecharlo. Su vida de lujo en bares, pubs y discotecas sólo habían servido para pasar el rato.


¿Qué le queda a una chica sin dinero y que nunca nada supo hacer? Sólo le quedaba el burdel. Vendió su cuerpo en casas de citas para poderse pagar ya no sus lujos, sino sus necesidades básicas. Pero ese es un trabajo duro y acaba debilitando el cuerpo, y destruyendo la mente.

Los años no pasan en balde. En las casas de citas se veía superada por chicas más jóvenes, más guapas, y poco a poco sus clientes, hasta los más fieles, la desechaban. Aquellos que le habían jurado amor eterno en la cama de una sórdida habitación del prostíbulo ahora bebían los vientos por cuerpos más cálidos, mas acogedores que su piel marcada por la edad.


Pero hay que seguir comiendo, y si en el burdel has perdido todos tus fieles amantes, la barra americana de amores fugaces es el siguiente paso. Desde las 7 de la tarde, hasta las 3 de la mañana. Bebiendo copas invitada por clientes, y muchas noches alimentándose tan sólo de coca-cola aderezada con un chorro de ginebra barata.


Cuando ya te han echado de todos los clubs de carretera, en algunos casos abandonada borracha en alguna cuneta, apalizada como aviso de que no eres bienvenida, sólo te queda la calle. Desde el anochecer hasta las seis, a 20 euros el servicio, en coches, en descampados, pagando a macarras por protección, reflexionando sobre lo que eras, sobre lo que fuiste y lo que pudiste ser.


Dolores se llama ahora la Lola. Las chicas que pierden su dignidad ganan un artículo delante de su nombre. Fue la niña de azul, ahora se ha convertido en una vieja verde. La vida le ha puesto en su sitio de la forma más cruel posible, le ha dicho que en este mundo vales tan sólo lo que tienes.


Las vueltas que da la vida, el destino se burla de ti. ¿dónde vas bala perdida, dónde vas, triste de ti?

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