Alexander se sentía sólo. Se había sentado sobre el tronco muerto de un árbol y miraba a su alrededor. La orilla del río empezaba a mostrar los efectos de su terrible idea. Las aguas bajaban negras, malolientes, muertas.
De vez en cuando pasaba flotando el cadáver de un animal, de una persona, hinchado y pudriéndose. La naturaleza había vencido, y a pesar de la desigual batalla, la humanidad había perdido. Aun así, el campo de batalla había quedado completamente desolado, con amplias zonas que por la contaminación descontrolada serían incapaz de albergar jamás nueva vida.

Bosques asolados por la lluvia ácida, amplias zonas inhabitables por el tremendo agujero de la capa de ozono, una capa de plástico flotando sobre el mar cubriendo su superficie. La vida se había transformado, y los microorganismos y los insectos se habían convertido en los nuevos reyes y señores de la tierra.
Y todo ello en apenas media docena de años. El laboratorio donde trabajaba Alexander recibió una jugosa subvención. La idea que presentaron era al parecer inocua. Se trataba de crear unos nanorobots que flotaran en el aire y que buscaran chips electrónicos. En el momento en el que se colaran en uno de ellos, descargarían un pequeño código que modificaría el programa que tuvieran en su memoria, inutilizándolo.
Crearon el virus, muy pequeño, minúsculo, y lo probaron con éxito. No había elemento electrónico que se resistiera. En el momento en el que tenía oportunidad de acceder a su memoria, la destruía. Todo dejaba de funcionar. Desde vehículos hasta ordenadores. Y de forma irreversible.
Aquel fin de semana fatídico celebraron su triunfo, sin darse cuenta de que un error en el funcionamiento de la máquina que los fabricaba hizo que en tan poco tiempo se crearan millones de nanorobots, y que se liberaran a la atmósfera.
El efecto fue brutal. Poco a poco fueron distribuyéndose por todo el mundo. Infectaban y destruían todos los elementos electrónicos. El tráfico se convirtió en un caos. Miles de procesos industriales sin control de detuvieron y en las ciudades reinó la anarquía. Pero lo peor de todo vino por el descontrol en las depuradoras de agua, en los sistemas de gestión de residuos.

Los ríos se contaminaron rápidamente, muriendo. Esta muerte en forma de vertidos tóxicos desde ciudades superpobladas llegó al mar. La vida en los océanos se redujo drásticamente. Se inició una extinción masiva. El aire contaminado trajo muerte y desolación. La vegetación desapareció por la lluvia ácida. Los incendios forestales masivos aumentaron el efecto invernadero. Los polos se derritieron. El metano almacenado en las heladas tierras de Siberia y Canadá se liberó. La capa de ozono se redujo a niveles jamás conocidos.
Alexander se sentía sólo. Y él era el responsable de su soledad, de la muerte y destrucción que le rodeaba. Había acabado con la vida de cualquier animal mayor de unos pocos centímetros. Miró las llagas en su piel, el cáncer avanzaba rápidamente. Él también iba a morir, pero la naturaleza le había mantenido vivo hasta el último minuto, para que contemplara su obra de destrucción.
La naturaleza volvía a reducir a sus seres. Los gigantes dinosaurios desaparecieron dando lugar a seres de mucho menor tamaño. y Alexander había reducido aún más ese tamaño, al de los pocos centímetros de los insectos más grandes.
Ahora se arrepentía, pero era tarde. Estaba condenado.
