El delincliente

Aquella mañana no me sentía con ganas de ir a trabajar. Estaba atravesando una mala racha. Durante el último mes apenas habían pasado por el bufete tres personas, para consultas banales. Y a dos de ellas ni les cobré. Mi despacho no era tan famoso como para facturar a 200 € la hora, no era más que un mediocre abogado que se ocupaba de casos de divorcios y algún que otro impago, que como generalmente no conseguía ganarlo, a pesar del trabajo realizado, me quedaba sin cobrar.


¿Para qué madrugar e ir a la oficina? Para ver la cara de mi secretaria, una mujer voluntariosa y muy eficaz, que cobraba el salario mínimo y con la que tenía que hacer cabriolas para poderla pagar a fin de mes. Necesitaba mantener una imagen, por lo menos de cara a ella, ya que si tal y como estaban las cosas, no acudía a trabajar, posiblemente acabaríamos mal.


En otros tiempos seguramente me hubiera abandonado por un trabajo mejor, pero en esta dura crisis no tenía dónde huir, y yo no podía fallarla. Era algo que moralmente me fastidiaba. Un abogado no debe tener corazón, debe huir de la compasión, pero a ella me veía obligado a mantenerla. Le pagaba el salario mínimo y sabía que estaba conmigo porque no tenía otra opción, y que en el momento menos pensado se iría, pero hasta entonces era mi carga, totalmente desagradecida, pero mía.


Estaba tomándome un café antes de subir, leyendo el periódico en el bar de abajo cuando me llamó al móvil. Era extraño a esas horas, tan temprano. Le cogí con curiosidad, esperando que no fuera una mala noticia, pero por desgracia lo era. Había llegado una carta de embargo de la seguridad social. El no pagar y estar localizado es lo que tiene.


Apuré mi café malhumorado y subí a la oficina. Me entregó la carta que acababa de dejar el madrugador cartero. Procedimiento de apremio, tenía 10 días para ponerme al día o embargarían las cuentas del bufete. Aquello era simplemente el final. Mi secretaria, que no era tonta, sabía lo que le venía encima. Al paro y sin indemnización. A no ser que ocurriera un milagro.


Y el milagro ocurrió a media mañana. Alguien entró a la oficina preguntando por mi. Mi secretaria siguió el procedimiento, llamándome para anunciarme que tenía un cliente. Le dije que esperara, que enseguida le atendería. Entré en la prensa digital y leí las principales noticias, haciéndole esperar 5 minutos. Entonces salí a buscarle, recibiéndole con un apretón de manos.


Se presentó. Era un empresario de la construcción que había realizado una serie de sobornos a la administración local de la pequeña ciudad en la que vivíamos, y quería cubrirse por si esas corruptelas salían a la luz. Cometí el error de aceptarlo como cliente, pero mi situación desesperada no me permitía otra salida.


Firmamos un contrato en el cual me convertía en su abogado en exclusiva, por una cantidad exorbitante de dinero, algo que jamás había visto. Aquella cantidad me sacaba de la ruina, y me auguraba un futuro tranquilo y boyante. Mi trabajo consistiría en elaborar los pliegos de condiciones de diversas obras públicas, que él se encargaría de hacer llegar a los servicios jurídicos del ayuntamiento. Ni que decir tiene que esos pliegos favorecían directamente a mi cliente.

Durante varios meses me dediqué a estudiar obras y preparar las prescripciones técnico-económicas de los concursos que se llevarían a cabo para la adjudicación de las obras. Yo le entregaba los pliegos a mi cliente y tan sólo debía preocuparme de cobrar a fin de mes, Mi cuenta corriente aumentó de forma espectacular.


Mi cliente me dijo que me iba a abrir una cuenta en Andorra, en la que ingresaría honorarios extra. Tuve un acceso a la cuenta a través de internet, y comprobé que la cantidad que se había ingresado era exageradamente alta. Pero hubo un tema que me hizo sospechar. La cuenta había sido abierta meses antes, coincidiendo con la fecha en la que se me contrató.


Estaba pensando en las implicaciones de aquella acción cuando de repente sentí un golpe muy fuerte. Tiraron la puerta abajo y varios policías uniformados y armados entraron en trompa en el bufete. Sacaron a mi secretaria de la oficina mientras que a mí me tumbaron en el suelo. Y mi ordenador estaba abierto conectado con mi cuenta en Andorra.


Nueve meses después la justicia parió un juicio en el que yo era el principal inculpado. Se me acusaba de organizar una trama de corrupción en la que me dedicaba a amañar concursos públicos. Al parecer me dedicaba a preparar los pliegos de condiciones que favorecían a empresas que eran las que me pagaban para poder ser contratadas.


El dinero que cobraba por el contrato legal que tenía, lo ingresaba el ayuntamiento, que me contrataba de forma legal para que les asesoraba en la elaboración de los pliegos de condiciones. Y el fiscal concluyó que yo cobraba jugosas comisiones a las empresas para que las ayudara en los concursos. 


En aquella trama sólo había víctimas. Un ayuntamiento inocente que había confiado en mí para que les asesorara en las obras públicas, y unas empresas en crisis a las que explotaba, y que se veían obligadas a pagarme para poder trabajar y mantener a sus plantillas.


El dinero de la cuenta en Andorra volvió a las empresas, mientras que el de mi cuenta corriente se embargó para el ayuntamiento, y yo fui condenado por corrupción. Nadie más salió damnificado, no hubo más acusados, y las empresas blanquearon su dinero de forma legal.

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