La doctora Andrea Salazar comprobó la fecha en el calendario que había en la pared de su laboratorio de física cuántica en la Universidad de Míchigan. Llevaba mucho tiempo estudiando los viajes en el tiempo y por fin, después de muchos años de estudio, había llegado a la conclusión de que eran más habituales de lo que la gente pensaba.
Hacía exactamente 3 meses y dos días que había iniciado el experimento. Había guardado un objeto normal y corriente en su cápsula del tiempo, y si sus cálculos eran correctos, aparecería ese día después de haber estado todo ese tiempo viajando a través de un agujero de gusano.
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¿Y dónde estaba ese agujero de gusano? Pues resulta que había un receptáculo cotidiano en el cual se reproducían por sí mismos. A pesar de que científicos y no tan científicos de todo el mundo llevaban años sospechándolo, sólo la doctora Salazar había conseguido determinar cuales eran las ecuaciones que describían el fenómeno.
Yendo al meollo de la cuestión, la hipótesis que estaba a punto de demostrar la doctora Salazar se podría resumir en que todo bolso femenino era en realidad un complejo y cotidiano agujero de gusano. Le vino la idea a la cabeza cuando se encontró en el fondo de su bolso un mechero de cuando fumaba, vicio que había dejado 3 años antes.
¿Cómo había aparecido ese encendedor dentro del bolso, cuando hacía años que lo había dado por perdido? A la mente científica de la doctora Salazar, después de mucho pensarlo, después de darle muchas vueltas, sólo le vino una posible solución a la cabeza. En su bolso, en los bolsos de las mujeres de todo el mundo, había agujeros de gusano por los que viajar en el tiempo.
El chisquero había estado perdido viajando en el tiempo, y apareciendo en el bolso en el momento en el que más innecesario era. Estableció la probabilidad de la conexión en el tiempo de los dos vértices del agujero de gusano y llegó a la conclusión de que la probabilidad de que un objeto desapareciera del bolso siendo absorbido por el vórtice temporal era directamente proporcional al cubo de una variable adimensional que denominó Índice de Necesidad del objeto que a su vez dependía de la fecha y de lo necesario que fuera en ese momento ese objeto para la dueña del bolso.
También influía el entorno. Cuando más grande y más lleno de objetos estuviera el bolso, mayor era la probabilidad de que uno de ellos entrara en el agujero de gusano aumentaba.
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Y la probabilidad de que el objeto saliera de ese túnel dependía de otro índice, éste al cuadrado, multiplicado por una constante cuántica, y directamente relacionado con lo superfluo que fuera ese objeto.
El experimento lo había hecho con un tampón. Lo había guardado en su bolso un día al azar, comprobando en pleno plenilunio menstrual que había desaparecido de su bolso. Por mucho que rebuscara, aquel tampón no aparecía dentro del bolso.
Y hoy, en plena ovulación, cuando era completamente innecesario, y además cuando la fecha de caducidad había vencido, era el día en el que con mayor probabilidad podría aparecer el tampón en el bolso.
Era un momento de emoción. Muchos de los profesores de la universidad se habían reunido alrededor de aquel bolso, para comprobar que la hipótesis ya probada de la doctora Salazar se cumplía y que los cálculos habían sido correctos. Y cuando se abrió el bolso, allí estaba, resplandeciente, nuevo, como si por él no hubiera pasado el tiempo, el tampón que la doctora Salazar había guardado en su bolso 3 meses antes y que a través del agujero de gusano de su bolso había vuelto a aparecer en él.
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